Colombianos en México: mismo idioma, diferente interpretación en la sala de juntas
Este artículo está escrito para el colombiano que llega a México, sin embargo el aprendizaje es mutuo. El mexicano también tiene mucho que incorporar del colombiano: su claridad, su accountability, su disposición al debate directo y su orientación al resultado. Las diferencias no son defectos de ninguno de los dos lados. Son los distintos caminos que cada cultura tomó para llegar al mismo lugar. Cuando se entienden así, se evitan fricciones y se convierten en puentes de comunicación.
El mes pasado estaba facilitando un team assimilation con un nuevo director que llegaba de Bogotá. No era la primera vez que trabajábamos juntos — lo había acompañado antes en Colombia, y ahora llegaba a México a asumir un rol nuevo en una empresa global. Esos espacios me encantan porque ahí se revela lo que realmente va a definir si un equipo funciona o no. Este en particular me tenía especialmente atenta porque el director no solo enfrentaba los retos naturales de una posición nueva. Llegaba con un código cultural distinto al del equipo que iba a liderar.
No era el único caso que tenía presente. También acompañé en coaching a una directora con un perfil internacional sólido que llegó a México con una agenda de cambio muy bien pensada. Las primeras semanas generaron más resistencia de la esperada — no por la estrategia, sino por cómo llegaba al equipo en la ejecución. En otro caso, el de una gerente colombiana — inteligente, enfocada a la acción, con resultados extraordinarios — que llevaba meses sin lograr hacer equipo con su área. Algunos comentarios que llegaban desde su equipo y clientes decían que era muy directa, que parecía «dura». Ella no lo era. Lo que generaba distancia no era su capacidad sino sus formas, y eso nadie se lo había dicho con claridad. Las formas importan más de lo que cualquier manual de onboarding reconoce.
Reconozco estas dinámicas y diferencias porque llevo más de diez años conviviendo con colombianos. Mi esposo es colombiano, mi familia política y mis amigos más cercanos en CDMX son colombianos. Los últimos tres años también he ido a Bogotá por trabajo. Tengo el privilegio de vivir los dos mundos.
Días después de ir al concierto de Fonseca lo compartí en una comida con mis amigos colombianos. Nos reímos mucho. Todos decían «ay, es verdad» y la pregunta que salió sola fue: ¿por qué somos así? Esa pregunta me quedó dando vueltas y decidí investigarla con rigor — apoyándome en sociología, antropología cultural y lo que conozco desde la psicología organizacional — para que le sea útil a cualquier colombiano que trabaje o vaya a trabajar en México en entornos corporativos, para facilitar su adaptación y conectar más fácilmente con sus equipos, clientes o proveedores.
La comunicación nos puede abrir o cerrar puentes. La misma idea, dicha de manera distinta, produce resultados completamente diferentes.
De dónde viene cada quien
Para entender cómo se comporta alguien en el trabajo hay que entender qué aprendió su cultura para sobrevivir — lo que Hofstede llama el «bagaje cultural». Geert Hofstede, uno de los investigadores más reconocidos en diferencias culturales organizacionales, identificó que Colombia tiene uno de los índices más altos de orientación al logro individual en América Latina, mientras México tiene una orientación significativamente mayor hacia el colectivo y la armonía del grupo (Hofstede, Hofstede y Minkov, 2010).
Colombia es un país atravesado por tres cordilleras de los Andes, lo que históricamente aisló sus regiones y creó identidades locales muy fuertes: la costa caribe, el interior andino, los llanos, cada una con su propio carácter. A diferencia de México, que construyó un Estado centralista temprano, Colombia tuvo que gobernar un territorio profundamente fragmentado, lo que hizo que la identidad regional pesara tanto o más que la nacional. A eso se sumaron décadas de inestabilidad institucional, conflicto armado e incertidumbre. El aprendizaje que se internalizó generación tras generación fue que el desempeño individual es la única garantía real. No dependas de nadie más que de ti mismo. Eso no significa que el colombiano no sepa trabajar en equipo — lo hace, y muy bien. Lo que ocurre es que su forma natural de contribuir al equipo es desde la excelencia individual: cada uno da lo mejor de sí y eso fortalece al equipo. En México el punto de partida es distinto: primero se construye el vínculo y desde ahí se trabaja. Ninguna forma es mejor que la otra. Generan dinámicas distintas, y entender esa diferencia evita muchas fricciones que de otro modo nadie sabe nombrar.
México llegó al mismo presente desde otro camino. Décadas de un sistema político que premiaba la lealtad grupal sobre el mérito individual enseñaron que lo que te sostiene es el grupo, la relación, el vínculo. El mexicano es hábil en la diplomacia implícita, en leer lo que no se dice y en mantener la armonía colectiva. Según Edward T. Hall (1976), México es una cultura de alto contexto: el significado se transmite tanto en lo que se dice como en el tono, el silencio y el momento en que se dice. Colombia, especialmente en entornos urbanos y corporativos, tiende más a lo explícito: lo que se dice es lo que se quiere decir.
El colombiano confía en quien demuestra. El mexicano confía en quien construye el vínculo. Esa diferencia de origen define dos formas muy distintas de relacionarse en el trabajo: una más individual y orientada al resultado, otra más colectiva y orientada a la relación. Entender eso es, quizás, la clave más importante de todo lo que sigue.
Lo que vas a reconocer
En México las formas son parte del mensaje. La cortesía en la manera de pedir no es formalismo vacío ni señal de que alguien es delicado — es la forma en que la cultura comunica respeto y cuida el vínculo. Tan válido como la claridad y la eficiencia con que el colombiano comunica lo mismo.
Para el colombiano, pedir de forma directa entre personas que ya se conocen es completamente natural. Sin embargo en México esa misma forma genera distancia, muchas veces en silencio, que se acumula sin que nadie lo nombre. Algunos ejemplos que seguramente van a sonar familiares:
- El de la sal. En México decimos «¿me pasas la sal, porfa?» En Colombia es «pásame la sal.» Ninguno está siendo grosero. Están usando el código que aprendieron. La diferencia es que en México la pregunta con cortesía no es debilidad — es la forma en que se cuida la relación en lo cotidiano.
- El ahorita vs. el de una. En México «ahorita» puede significar ahora mismo, en un rato, hoy o en un futuro no del todo definido. Para el colombiano acostumbrado al «de una» o al «ya mismo» — que significa exactamente eso, sin rodeos — el ahorita puede generar una ansiedad comprensible. La clave es preguntar con curiosidad: «¿aproximadamente cuándo?» sin que suene a reclamo.
- El mande. «Mande usted» es respeto y atención en México. Para el colombiano puede sonar a sumisión o formalidad incómoda. No lo es. Es el equivalente del «diga» o «dime» colombiano, solo que con otra carga cultural.
- El sí señora, sí señor. En Colombia es muestra de respeto genuino. En México lo recibimos bien aunque a veces nos haga sentir un poco más mayores de lo que quisiéramos. Son formas distintas de mostrar consideración — las dos válidas.
- El por favor y el gracias. En México la cortesía verbal es constante, incluso dentro de relaciones cercanas y en el día a día laboral. El por favor y el gracias no desaparecen con la confianza — al contrario, se mantienen precisamente porque el vínculo importa. Para el colombiano, omitirlos entre personas que ya se conocen es completamente natural y no cambia la intención del mensaje, ni la relación. En México esa omisión sí se percibe, aunque nadie lo diga en voz alta. Un detalle pequeño con un impacto más grande de lo que parece.
- El ¿sí me entiendes?, ¿sabes cómo? Verificación de comprensión completamente natural en Colombia. En México el interlocutor lo escucha y por dentro está pensando: sí entiendo, no estoy… bueno, ya se entiende el punto.
Hay un dicho mexicano que resume bien este apartado: «la confianza apesta, trátame como invitado.» En México la cercanía no es razón para soltar las formas, sino para cuidarlas aún más. El vínculo se sostiene precisamente porque se cuida, no porque se da por sentado.
También hay expresiones que no viajan bien
«No sea bobo» — cotidiano y hasta cariñoso en Colombia, insulto directo en México. «Eso es una pendejada» — de uso coloquial en Colombia para descalificar una idea, en México «pendejo» es una de las groserías más fuertes del vocabulario y el equipo deja de escuchar en ese momento.
«No deje que se la monten» y «estar mamado» son dos ejemplos que en Colombia tienen un significado completamente distinto al mexicano. El primero significa no dejarse presionar; el segundo, estar cansado. En México los dos son albures directos que van a generar risas o un silencio muy incómodo — ninguno de los dos útil en una reunión de trabajo.
«Esto está muy maluco» es válido y claro en Colombia — en México nadie sabe qué significa y el equipo asiente sin entender nada. El equivalente mexicano sería «está chafa», que el colombiano tampoco va a entender. Mismo idioma, distinto diccionario.
La recomendación no es dejar de ser colombiano. Es recordar que el contexto cambia el significado. Un lenguaje más neutro en los primeros meses le da tiempo al equipo de aprender a leer el estilo colombiano con el contexto correcto. Después todo fluye con mucha más naturalidad.
Todos los problemas se encuentran a una conversación de distancia. La pregunta es si esa conversación la estamos teniendo con el código correcto.
Una ventaja que muchos ya tienen sin saberlo
El uso de diminutivos. En Colombia es completamente natural referirse a las personas con cariño como “Martica” o a las cosas como chiquitico, un momentico, favorcito. En México el diminutivo es también un código de calidez y afecto muy arraigado. Un colombiano que llega usando diminutivos está activando, sin proponérselo, una señal de cercanía que el mexicano reconoce de inmediato.
A eso se suma algo que el colombiano hace muy bien y que en México conecta fácilmente: reconocer las cosas buenas con entusiasmo genuino. Un «pero qué divino» o un «esto está espectacular» dicho de corazón frente a un platillo mexicano, un lugar o una tradición local hace más por la relación que cualquier estrategia de networking. Al mexicano le encanta que le gusten sus cosas, su comida, su cultura. Si además se animan a probar comida picante y chapulines, ya son familia.
Construir, no demostrar
El colombiano llega con una orientación muy marcada al logro individual. En el entorno laboral eso a veces se traduce en querer presentarse desde los logros propios, desde lo que ya se sabe, desde lo que ya se hizo en otros mercados. El tono y la forma en que eso se comunica puede ser percibido por el equipo mexicano como presunción, imposición o poca flexibilidad para colaborar con otras formas, aunque la intención sea simplemente demostrar capacidad.
La sugerencia es hacer ese mismo recorrido desde otro enfoque: en lugar de «así se hace», un «te cuento cómo lo hicimos» cambia completamente la dinámica. El mexicano en eso es generoso, le gusta compartir lo que sabe, le gusta enseñar, y responde muy bien cuando el otro llega con humildad y disposición de aprender también. Lo que se percibe como presunción cierra puertas que el talento solo no puede volver a abrir.
Vale tener presente que México es uno de los mercados más grandes de América Latina, con una complejidad y una escala que sorprenden a quien llega por primera vez. Eso no resta nada al conocimiento ni a la experiencia del colombiano, que es real y valiosa. La forma en que ese conocimiento suma es construyendo con el equipo, desde la escucha. La experiencia colombiana tiene mucho que aportar precisamente porque viene de haber navegado contextos difíciles con disciplina y enfoque a resultado. Eso el equipo mexicano lo reconoce y lo valora cuando lo ve en acción.
Hay algo más que el colombiano trae y que vale nombrar con claridad porque en México no siempre es tan natural: el accountability. El colombiano tiende a hacerse responsable de sus resultados de manera individual y directa. En la cultura mexicana, donde la orientación al grupo es más fuerte, la responsabilidad se comparte con más facilidad — lo cual tiene su lado positivo en la integración del equipo, sin embargo a veces diluye la rendición de cuentas individual. Ver a alguien asumir sus resultados con claridad, sin buscar dónde distribuir la carga, es algo que los equipos mexicanos no solo reconocen sino que, en el fondo, saben que les vendría bien incorporar más. Esa es una de las contribuciones más silenciosas y poderosas que el colombiano puede hacer desde el ejemplo.
Escribiendo este artículo también recordé algo que vemos con frecuencia en nuestros procesos de headhunting. Encontramos perfiles de colombianos que ya trabajan en México y que no solo ocupan posiciones directivas o gerenciales, sino que lideran equipos en empresas globales. Son especialistas en sus áreas, entienden el contexto del mercado donde operan, son resilientes y se han adaptado a la cultura sin perder su visión global. Eso los convierte en perfiles muy atractivos y buscados.
Cuando el mexicano va a Colombia
Porque esto va en los dos sentidos. El mexicano que llega a trabajar a Colombia se encuentra con un ambiente laboral que puede sentirse intenso al principio: las conversaciones son más directas, el ritmo es más acelerado, las instrucciones llegan sin el envoltorio de cortesía al que está acostumbrado. Puede percibir a sus colegas colombianos como afanados, poco flexibles o incluso agresivos — cuando en realidad están siendo eficientes y directos, que es su forma natural de operar.
El mexicano en ese contexto tiende a suavizar demasiado sus mensajes, a rodear las instrucciones de tantas fórmulas de cortesía que el colombiano pierde el hilo de lo que realmente se le está pidiendo. La diplomacia implícita mexicana, que en su propio contexto es una fortaleza, en Colombia puede leerse como falta de claridad o de convicción.
Dos culturas que se admiran, que comparten valores profundos y que al mismo tiempo operan con códigos distintos. La buena noticia es que cuando alguna de las dos partes entiende el mapa del otro, la fricción desaparece rápido.
Las similitudes nos acercan. Las diferencias nos enriquecen. Saber distinguir unas de otras es lo que hace la diferencia en un equipo.
Cuando se hace equipo
Cuando colombianos y mexicanos trabajamos juntos de verdad, el colombiano trae el QUÉ con una claridad y una energía que empuja. El mexicano sabe cómo construir el camino con las personas, desde el propósito compartido, desde el vínculo. Cuando eso se combina, el QUÉ y el CÓMO se dan de manera natural y enriquecida, y los resultados que se logran a través de la gente son extraordinarios.
No porque seamos iguales. Sino exactamente porque no lo somos.
Andrea Troyo Álvarez es psicóloga organizacional de formación, con una curiosidad genuina por entender por qué las personas hacen lo que hacen en los entornos de trabajo. Para este artículo se apoyó en referencias de sociología y antropología cultural — porque los equipos también se entienden con historia y con la disposición de aceptar que nuestra realidad no es la única. Como ella misma lo describe: «Este artículo nació de esa curiosidad y de la suerte de vivir entre dos culturas que me encantan.»
Andrea a través de BLUM da consultoría en México y en Colombia. Fundadora de BLUM Consulting | blum.consulting
Referencias
Hall, E. T. (1976). Beyond Culture. Anchor Books.
Hofstede, G. (1980). Culture’s Consequences. Sage Publications.
Hofstede, G., Hofstede, G. J., & Minkov, M. (2010). Cultures and Organizations (3rd ed.). McGraw-Hill.
Meyer, E. (2014). The Culture Map. PublicAffairs.
Hofstede Insights (2024). Country Comparison: Mexico vs. Colombia. hofstede-insights.com